miércoles, 10 de febrero de 2010

Paisaje con rotonda

Rotonda (Del it. rotonda). 1. f. Templo, edificio o sala de planta circular. 2. f. Plaza circular. 3. f. Departamento último de los tres que tenían algunas diligencias.
Glorieta (Del fr. gloriette). 1. f. Cenador (|| de los jardines). 2. f. Plazoleta, por lo común en un jardín, donde suele haber un cenador. 3. f. Plaza donde desembocan por lo común varias calles o alamedas. 4. f. Cuba. quiosco (|| pabellón abierto).

Me he permitido copiar el recurso que utiliza Domingo Villar en su novela A praia dos afogados (existe traducción al castellano, La playa de los ahogados, y a otros cinco o seis idiomas más) para comenzar este artículo. De esta forma también le hago algo de publicidad a este gallego que merece ser leído. Desde aquí le doy las gracias a Marian por descubrírmelo. He puesto debajo de las acepciones de la palabra rotonda también las de glorieta porque, dependiendo de las personas y de los sitios suelen utilizarse de forma indistinta. Personalmente prefiero rotonda porque glorieta siempre lo he asociado con su primera acepción “cenador en medio de un jardín”, mientras que rotonda normalmente no la entiendo como un “templo, edificio o sala de planta circular” ni tenía idea que fuera también un departamento de las diligencias, así que me queda una única opción de “plaza circular”.

Getafe, rotonda ajardinada al lado de mi casa
Maravillosamente bella y cuidada, aunque costosa

Pero también podría haber empezado transcribiendo lo que dice la Wikipedia: “La rotonda (a veces también llamada glorieta o redoma en Venezuela) es una construcción vial diseñada para facilitar los cruces de caminos y reducir el peligro de accidentes. Nació en Francia para resolver el problema de los cruces frecuentados de dos carreteras (allí se llama carrefour giratoire). Consiste en una plaza, con una vía circular alrededor, en la que empalman varias vías; en ella se aplican dos sencillas reglas: 1. El sentido de giro por la rotonda o vía circular en países donde conducen por el lado derecho es hacia la izquierda o antihorario. 2. Tienen la prioridad los vehículos que ya están circulando dentro de la rotonda, (prioridad a la izquierda si la norma obliga circular por la derecha y viceversa), al contrario que en los cruces normales”.

Getafe, rotonda con toro. Taurina

Cuando era niño, en el pueblo gallego en que vivía los cruces se resolvían escuchando si venía otro coche. Claro que, por aquel entonces jugábamos al fútbol en la carretera, lo que era indicativo de la altísima intensidad circulatoria existente. También, cuando oíamos que se acercaba un coche, nos sentábamos a esperar en la cuesta de la carretera que llevaba a Ribadavia a ver si era capaz de subirla. Lo que no dejaba de ser un acontecimiento y daba una idea de la potencia y posibilidades del coche. Pero esto no duró mucho. Pronto hubo que atender a la prioridad en los cruces después de que aquellas máquinas que parecían inocentes mataran a unas cuantas personas. Pero en la capital, en Ourense, esto no era suficiente. Había semáforos. No era necesario preocuparse de prioridades ni nada. Simplemente había que parar cuando estaba rojo.

Getafe, rotonda con tumbona. Cómoda

El problema de los semáforos es que funcionaban de forma inflexible, hubiera o no hubiera circulación, independientemente de los flujos de tráfico, o que fuera de día o de noche (hoy, en algunos casos y sitios, la situación ha cambiado). Con lo que, a veces, había que estar esperando interminables minutos con el coche parado (el artefacto rugía con frecuentes acelerones para mitigar la espera) delante de un ojo rojo sin que se viera el menor atisbo de coches o de personas en el cruce. Entonces se inventaron las rotondas. Dios debió de iluminar a algún ingeniero porque esta extraordinaria solución técnica parecía resolver de golpe todos los problemas de una intersección.

París, plaza de L’Étoile rediseñada por Haussmann
¡Menuda rotonda: doce vías! Imagen de Wikipedia

Incluso se puede aplicar a una intersección con más de cuatro vías que confluyen a la vez (como el caso de un cruce normal de dos calles o dos carreteras). Por ejemplo, a la Plaza de L’Étoile (nunca me acostumbraré a llamarle Plaza Charles de Gaulle) de París acometen doces vías: Avenida de los Campos Elíseos, Avenida Marceau, Avenida d’Iena, Avenida Kleber, Avenida Víctor Hugo, Avenida Foch, Avenida de la Gran Armada, Avenida Carnot, Avenida Mac Mahon, Avenida de Wagran, Avenida Hoche y Avenida de Friedland. He tenido la paciencia de nombrarlas una a una con objeto de que el lector que no haya sufrido la experiencia traumática de intentar entrar en L’Étoile conduciendo un coche (y no sea parisino, claro) se haga una idea de lo que puede llegar a ser una experiencia inolvidable. Y eso sin contar que, ante la más mínima duda de conducción, la masa automovilística le empuje a los círculos interiores (igual que en el Infierno de Dante) y luego no pueda salir. El permanecer para siempre dando vueltas y más vueltas alrededor del Arco del Triunfo no deja de ser una experiencia zen con la que, sin duda, ganaremos el cielo. Claro que dicha experiencia podría aumentar su calidad mística si hubiera salido adelante el proyecto de Charles Ribart que consistía en colocar, en lugar del actual Arco del Triunfo, una construcción de tres niveles con la forma de un elefante al que se accedía mediante una escalera de caracol. El invento se remataba con una fuente en su trompa.

La impactante propuesta de Ribart a la derecha (Wallpapers247)
  y el anodino Arco debido a Jean Chalgrin a la izquierda (
Wikipedia)
  Señalar en la imagen para ampliarla

Ribart fue un visionario y, francamente, los franceses se equivocaron colocando en medio de la plaza un vulgar arco triunfal en lugar de un enorme elefante con una fuente en la trompa. No sólo por el atractivo turístico que tal invento conllevaría sino porque habría sido el precursor indudable de cientos de rotondas que actualmente los ayuntamientos llenan con las más variadas figuras que la imaginación puede llegar a idear.

Getafe, rotonda con macetas. Indescriptible

Llevaba ya unos cuantos meses pensando en que tenía que escribir algo sobre uno de los elementos que están configurando el paisaje urbano de muchas de nuestras ciudades, pero hasta hoy no me había animado a salir y pasear unas horas por la ciudad donde vivo, buscando rotondas y acompañado por mi cámara de fotos. Esta experiencia in itinere ha sido espectacular. Recomiendo encarecidamente su realización en cada uno de vuestros lugares de residencia. Porque el caso del sitio donde vivo no es especial. Se repite, indefectiblemente, en todos aquellos lugares donde la circulación ha dejado un espacio central sin uso (aparentemente) cuya única misión es servir de soporte a las ideas más o menos peregrinas de las corporaciones locales de turno.

Getafe, rotonda con lazo. Solidaria

Como os habéis podido dar cuenta estos comentarios aparecen acompañados por una minimuestra de algunas de las rotondas que se pueden encontrar en Getafe, una ciudad de unos 170.000 habitantes, situada en la periferia sur de Madrid, que es el sitio donde vivo actualmente. He hecho el experimento en mi ciudad porque lo cierto es que estoy orgulloso de vivir en ella (las razones no vienen ahora al caso) y, además, no me gusta inmiscuirme en prados ajenos de forma que he decidido que el peso de la crítica recaiga sobre mi ciudad adoptiva (aunque esto no significa que las demás estén exentas de culpa). Incluso os podría decir que algunas soluciones de las rotondas de mi ciudad son realmente originales y en otras hasta habita la belleza, cosa realmente difícil de encontrar en el mundo en que vivimos.

Getafe, rotonda con cántaros de barro. Rústica

Probablemente una de las razones más importantes por las cuales un recorrido por las rotondas se puede convertir en un excelente motivo de aprendizaje del funcionamiento del paisaje urbano es porque se trata de un elemento igualador en la ciudad. No importa que el barrio sea rico o pobre, nuevo o antiguo, central o periférico, denso o disperso. En todos los casos los elementos que se colocan en la rotonda son igualmente estrambóticos (en realidad iba a poner la palabra feos pero pienso que no es la correcta, estrambótico. 1. adj. col., extravagante, irregular y sin orden, parece mucho más acertada). Y eso que algunos se han quedado en simples proyectos. Todavía recuerdo la idea de la anterior corporación municipal de poner en una de estas rotondas un volcán echando lava por el cráter y con toda la parafernalia de luces y láser en funcionamiento (por la noche podría llegar a ser espectacular pero nunca he llegado a saber a ciencia cierta de si se trata de una leyenda urbana o llegó realmente a producirse una propuesta de este tipo).

Getafe, rotonda con avión despegando. Levitante

Pero no es necesario recurrir a leyendas urbanas. Basta simplemente con mirar las fotos que se acompañan. Rotondas con toros, con macetas, con aviones a punto de despegar (pista de despegue incluida), con lazos, con inenarrables fuentes luminosas, incluso algunas con elementos vegetales, nos enseñan que cualquier idea al respecto puede ser susceptible de ser superada.

Getafe, rotonda con elemento erecto (!)

En este articulo no pretendo entrar sobre consideraciones técnicas acerca del funcionamiento de una rotonda. Existen muchos sitios donde encontrar recomendaciones para diseñarlas. Por ejemplo, el Ayuntamiento de Madrid tiene unas “fichas para intersecciones giratorias o glorietas” que forman parte de la Instrucción para el Diseño de la Vía Pública. También si buscáis en Internet la palabra “rotonda” os encontraréis que se trata de un término particularmente odiado por el público internauta. También desconocido, porque casi siempre va acompañado de expresiones tales como: ¿cómo se circula en una rotonda? ¿me podéis decir como se circula en una rotonda según el actual…? ¿para que se ponen varios carriles a las rotondas? Incluso he encontrado el título de un artículo en un blog que decía: “En el país de las rotondas, el que sabe hacerlas es el puto amo”. Emocionado pensando que mi amigo Julio (ingeniero de caminos compañero del departamento y responsable de la Instrucción a la que me refería más arriba) era el “puto amo” de algo ya que se presupone que sabe hacerlas (me refiero a las rotondas) me puse a leer el artículo. Me llevé una decepción porque no se trataba de saber cómo diseñarlas o cómo construirlas sino como entrar en ellas conduciendo un coche y llevando toda la razón si te dan un golpe (sobre todo si eres mujer).

Getafe, rotonda con chorro y rocas. Refrescante

Algo deben tener las rotondas para concitar el odio de los conductores. Porque, por ejemplo, la percepción de que los accidentes en rotondas es mayor que en cualquier otro sitio es, sencillamente, equivocada. Según la DGT, todos los números dicen que vienen a suponer menos del 5% del total de accidentes con victimas y del 2% de los muertos producidos en España. Ello es debido a que si en un cruce normal se producen hasta 32 puntos de conflicto, en una rotonda sólo hay 8. Pero esto no es lo que piensan buena parte de los conductores. O por lo menos esto no ocurre en Pamplona donde 15 de los 20 lugares con más accidentes de la ciudad son glorietas. En cualquier caso existe una evidente animadversión hacia este invento de la ingeniería. Probablemente tenga que ver con la necesidad de reducir la velocidad, pararse si es necesario, cambiar de marcha, acelerar otra vez, atender a los que entran, a los que salen. En suma, trabajar conduciendo. Y parece que trabajar, aunque sea conduciendo, no es particularmente deseable para mucha gente.

Magic Roundabut en Swindon (Rashbre Central)

Claro que, en materia de rotondas los conductores españoles no deberían de quejarse porque si alguno comete la torpeza de llevar un coche en Inglaterra no solamente deberá estar atento a su peculiar forma de conducir (que como todo el mundo sabe es la correcta mientras que el resto del mundo lo hace de forma equivocada) sino que si por una de esas cosas que tiene la vida termina por ejemplo en Hemel Hempstead, en Colchester o en Swindon se puede creer en medio de una pesadilla automovilística. La rotonda de Swindon es ya famosa en todo el mundo y tiene un nombre propio Magic Roundabout (incluso aquí se venden camisetas como recuerdo en cuya parte delantera aparece un esquema del nudo y en la trasera se lee “I survived the magic roundabout”). El mismo nombre goza la de Colchester mientras que la Hemel Hempstead, parecida, tiene por nombre propio el de Plough Roundabout.

Izquierda: Magic Roundabout en Colchester
Derecha: El Plough Roundabout de Hemel Hempstead


A veces las rotondas (sobre todo en carretera) se sustituyen por glorietas partidas que permiten prioridad a la vía más importante. Pero desde el punto de vista paisajístico no tienen nada que ver porque no dejan una parte central (normalmente inaccesible al peatón) sin más uso que el de separador y claro, no hay forma humana de colocar un volcán arrojando lava en medio de la circulación. En cambio hay otro invento que han dado en llamar turborrotonda o turboglorieta que sigue manteniendo ese espacio donde colocar artilugios de variada índole aunque normalmente de gran tamaño. A este invento si que le auguro un porvenir más provechoso ya que, aunque el espacio es más pequeño que el de una rotonda normal y, probablemente un volcán con lava no cabría, sí que podría caber un miniportátil o un móvil de un tamaño aceptable. Incluso el símbolo de los rotarios, o de los masores, o sencillamente, un número de identificación.

Turborrotonda en Grado, Asturias (noticias.coches)

Claro que si el Ayuntamiento se encuentra con que, debido a que la industria nacional es la construcción, tiene tantas rotondas que no se le ocurre ya que artilugio colocar en ellas puede recurrir a la consabida fuente. Incluso puede encargarla directamente por Internet (sic) sin más que indicar el número de unidades, su tamaño y, eso sí, decidir previamente si el encargo es para una rotonda o para una glorieta (?). Siempre será mejor que jugársela con innovaciones ante el público que, generalmente, es muy crítico con lo que se pone en esos lugares que ya hemos dicho concitan odios profundos. Por ejemplo, en el blog de Fabrizio Ferri-Benedetti puede leerse refiriéndose a la provincia de Castellón: “Lo digo porque en cada rotonda, a modo de "obra de arte", hay emplazado un truño (no se me ocurre etiqueta mejor) de metal oxidado, con una forma vagamente abstracta, a menudo fruto del reciclaje y ensamblaje de piezas de hierro oriundas de desguaces navales de la posguerra. No sé lo que significa, pero cada vez que veo el monumento, me entra cierta congoja existencial-tecnológica”. Y luego termina: “Entonces, uno ya no sabe cómo referirse a una rotonda cualquiera, y termina por rendirse. Y si uno se rinde, puede emitir esperpentos como este: Pues sí, mire, tiene que girar a la derecha en la rotonda esa de la escalera de caracola marrón, la que se tuerce sobre sí misma en un espasmo colateral de acero viejo, para luego evolucionar en un pilar fusiforme obtenido a partir de una vieja ancla, símbolo de...”.

Getafe, rotonda con fuente. Clásica

Y es que se trata de un problema grave (me refiero a la falta de motivos escultóricos para tanta rotonda), que todavía se agrava más en zonas urbanas. En el artículo “Rotondas decoradas (Fuengirola)” se nos explica que: “En apenas 14 kilometros cuadrados, conviven más de 100.000 personas (atendiendo a población flotante). Este hecho ha provocado que existieran notables problemas de circulación y graves atascos de tráfico. El ayuntamiento ha llevado a cabo una notable reestructuración de calles, y ha sustituido conjuntos de semáforos por rotondas que dan más fluidez a dicho tráfico. Aprovechando el espacio de las rotondas, se han instalado esculturas y otros detalles que dan mayor vistosidad al municipio, entre ellas, el primer monumento en España en homenaje al Seat 600”. Al lado aparecen los nombres de las rotondas: Rotonda del Obelisco, de la Feria, de los Caballos, del Gigante, de Antonio José Galán, de la Rosa de los Vientos, del Seat 600, del Sol, de la Pirámide, de Santa Amalia y del Olivo. No es imprescindible una gran inteligencia para saber el contenido escultórico de cada una. Recomiendo la lectura de la página porque, en particular, la del citado Seat 600 representa al bendito coche a punto de despegar de la carretera igual que los aviones en las que existen en mi querido Getafe.

Getafe, rotonda con un caza en vuelo rasante. Intimidante

Ante este panorama ¿qué consejos podríamos darles a las Corporaciones Locales, a los concejales de Urbanismo o a los Alcaldes? Lo primero que se le ocurre a cualquiera es que nombren una Comisión. Lo mismo que hay una Comisión de Festejos puede crearse una Comisión de Rotondas. La citada Comisión tendría entre sus prerrogativas la de lanzar ideas sobre los artilugios que se podrían colocar en dichos espacios. También se encargarían de analizar los proyectos que se presentaran con objeto de informar a los órganos competentes y, por supuesto, de realizar un seguimiento del proceso de ejecución. El único problema de las comisiones (como todo el mundo sabe) es su inoperancia. Además podrían chocar con la Comisión de Arte o Artística (según los ayuntamientos se suele llamar de diferentes formas) que podría sentirse minusvalorada y lo que nos faltaba es que surgiera un conflicto entre comisiones. La otra alternativa es llamar a un buen profesional, arquitecto, escultor, publicista, etc. El problema de este segundo consejo es que parece bastante complicado encontrar un profesional de estas características y, además, no se sabría nunca cual sería, en realidad, su grado de bondad.

Pola de Somiedo, rotonda con vaca (pastando). Útil (Alfredo)

Sin embargo, desde la perspectiva del paisajismo sostenible se podría intentar buscar alguna orientación acerca de esta cuestión que es más compleja que lo que podría dar a entender este artículo. Desde el punto de vista práctico (e incluso económico) no es de extrañar que los ayuntamientos prefieran cualquier solución que implique un mantenimiento mínimo. De forma que si cementamos la rotonda y ponemos encima algún objeto en materiales inoxidables (el acero corten o el aluminio son ideales) nuestro espacio libre, aparte de la inversión inicial, no supondrá un desembolso demasiado cuantioso. Esta solución evidentemente convierte a las rotondas en elementos duros metidos en un paisaje urbano que, ya de por sí, es excesivamente duro. Se pueden intentar soluciones mixtas con elementos vegetales que suavicen esta dureza y permitan introducir algo de entropía natural en medio de nuestras ciudades. En algún lugar del blog hemos razonado sobre la necesidad de reverdecer los tejados (incluso las paredes) de los edificios. En estos espacios tenemos la posibilidad de hacerlo. No hay ninguna necesidad de convertirlos en cespederas. Ni tan siquiera invertir el dinero en césped artificial. Aunque pueda parecer increíble existe césped de estas características “especial para rotondas”

Vallirana (Barcelona), rotonda con árbol y nada más. Mínima
No creo necesario el uso de césped artificial, no cabría
(Circula Seguro)

Al comienzo del artículo he incluido una fotografía de la rotonda que está a la entrada del barrio en el que vivo. Es una especie de oasis verde en el que los jardineros han puesto todo su empeño en conseguir algo bello. Y lo han hecho. Cuando se vuelve cansado de trabajar y se divisa esta rotonda es como si el espíritu se expandiera y nos reencontráramos con muchas cosas. Porque la naturaleza cumple esta misión en la ciudad. Como decía Antonio Corraliza en otro lugar de este blog: según “estos autores existen evidencias empíricas que subrayan el importante papel que los espacios verdes tienen en la “restauración” y recuperación del equilibrio psicológico”. Es a partir de los trabajos de Kaplan sobre los llamados entornos restauradores cuando se subraya la importancia de introducir la naturaleza en la ciudad. Estas pinceladas de naturaleza se pueden conseguir de muchas maneras, combinarlas con elementos no naturales o dejar pequeños oasis libres en medio del asfalto.

Vitoria-Gastéiz, rotonda con mini-verde. Escasa
No creo que llegue al concepto de “entorno restaurador”

Rebeca, gracias por la imagen

Porque, además, estas rotondas deberían de cumplir también una función de “infraestructura verde”. Se necesitan sumideros de CO2 y la vegetación puede, además, cumplir este objetivo. El problema es lo que cuesta el mantenimiento de cientos (literalmente) de estos espacios en el interior de las ciudades. Sin embargo, cada vez más la jardinera se va volviendo sostenible. Es decir, va tendiendo hacia planteamientos más forestales y menos culturales. Esto no quiere decir que toda la jardinería deba realizarse a partir de estos enfoques. Pero sí en determinados casos en los que los elementos sean más de uso doméstico que identitarios. Y, la mayor parte de las veces, este es el caso. En algunas ciudades (también en la mía) se están haciendo intentos con jardinería sostenible. Ayuntamientos como el de Jerez parece que se han tomado en serio el tema de la xerojardinería. Por ejemplo, aplicándola al caso de las rotondas sostenibles.

Rotonda con xerojardinería. Sostenible (Ayuntamiento Jerez)

La xerojardinería surgió en USA después de las graves sequías ocurridas en California y Colorado durante los años setenta del pasado siglo XX, como una necesidad de construir y mantener jardines con bajo consumo de agua. Sin embargo, posteriormente el ahorro de agua no fue el único objetivo de este tipo de jardinería, sino que se añadieron otros tales como un mantenimiento reducido, escasa utilización de abonos y plaguicidas, etc. En definitiva, se podría entender como un intento de evitar el despilfarro tanto ecológico como dinerario en jardinería. Quien quiera leer algo más sobre el tema puede bajarse este .pdf sobre las Jornadas Internacionales de Xerojardinería Mediterránea, celebradas en Alcobendas (Madrid) en octubre de 2000. Sería bueno que estos espacios, aparentemente sin más finalidad que el servir de separadores a los flujos circulatorios acogieran, en la medida de lo posible, jardines de este tipo. Jardines que tendrían una doble misión. Por una parte servir de restauradores del equilibrio psicológico de los ciudadanos, y por otra de comportarse como una infraestructura encargada de reducir la cantidad de CO2 del aire. Aparte, claro está, de su primitiva y denostada función original de rotonda.

Getafe, rotonda con torreta eléctrica en uso. Integradora

Lo dicho arriba no implica que las rotondas no deban acoger otras funciones más culturales y relacionadas, en algunos casos, con la identidad del lugar. En el caso del sitio donde vivo la proliferación de aviones en las rotondas tiene la misión de reforzar esta identidad y hacerla patente. Hay que tener en cuenta que Getafe se considera la “cuna de la aviación española” y que en su municipio se encuentra un aeropuerto militar. Claro que las rotondas también sirven, por ejemplo, como puntos de orientación para el automovilista. Y como tales deberían ser fácilmente identificables. A veces, con un simple ajardinamiento es complicado conseguirlo. Pero ya se ha insinuado anteriormente que una buena solución es la mezcla de cosas. Es muy sencilla de recordar la “rotonda del toro” totalmente cementada. Pero también probablemente sea sencilla de recordar la “rotonda de la torreta eléctrica” que como se observa en la imagen acoge una mezcla de jardinería con un elemento singular. Sería perfecta si se sustituyeran los elementos de jardinería convencional por otros de xerojardinería, más baratos de mantener y más ecológicos. Como siempre que nos enfrentamos ante un diseño, sea de una rotonda, de un edificio, de un mueble o de una ciudad los objetivos que deberíamos plantearnos en el siglo que nos ha tocado vivir deberían ser tres: que sea eficaz (es decir que cumpla los objetivos para los que ha sido creado), que sea bello y que sea eficiente (es decir que consuma y contamine poco).

Getafe, elegante rotonda con cipreses. Melancólica

Para terminar querría también mencionar un tema espinoso. Todo lo dicho anteriormente se debería realizar con participación de aquellos que van a sufrir el diseño todos los días, que van a ver la rotonda desde su ventana cada vez que se asoman, o que treinta o cuarenta veces a la semana van a tener que parar, cambiar de marcha, esperar, otear, arrancar, volver a cambiar de marcha y salir, frente al “exprimidor gigante”, “los caballos”, “la julaga”, “la rosa de los vientos”, “la mariposa”, “el barco (de Ávila, también conocida como el guisante)”, “la cesta” o “la hormiga”. Otro día hablaremos de participación, cuestión complicada y controvertida. Pero ¿no será todo mucho más sencillo si tenemos a los ciudadanos de nuestra parte y, en las medida de lo posible, nos ayudamos entre unos y otros a conseguir que nuestras rotondas sean eficaces, bellas y eficientes (y también un punto de estrambóticas y divertidas, por qué no)?


domingo, 24 de enero de 2010

El ser y el estar, una reflexión en el paisaje

Al terminar el semestre es tiempo de los alumnos. Hoy traigo al blog un trabajo que se realizó para el Máster Universitario del Departamento y cuya temática sobre Territorio y Paisaje también imparto conjuntamente con la profesora Ester Higueras. Independientemente de sus valores científicos (que los tiene) este ensayo es formalmente bello. Dado que esto es algo que normalmente no suele producirse me gustaría compartirlo con todos en este espacio que une tantas cosas. A pesar de no ser muy extenso tiene más de veinte folios, por lo que no me ha quedado más remedio que resumirlo. Y resumir un trabajo que literariamente contiene valores estimables es aventurado. Lo he hecho podando el trabajo original. Le he quitado casi todas las citas (particularmente la carta que envió en 1855 el jefe indio Seattle de la tribu Suwamish al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce y que ocupa tres folios), la bibliografía (con autores tan atípicos en un trabajo de estas características como Plotino, Schröedinger, Séneca, Kant o Aristóteles) y partes enteras que entiendo se pueden suprimir sin que se pierda demasiado la línea argumental del ensayo. Además he unido párrafos para adaptar el ritmo de lectura al sistema que sigo en el blog (Rafa, lo siento, comprendo que he destrozado en parte la belleza del relato). A pesar de todo resulta una entrada muy larga pero pienso que queda mejor así que dividida en dos partes.

Getafe, la zona de intervención (Google Maps)

La referencia que se hace al paseo por el municipio de Getafe se debe a que era el lugar de la actuación propuesta en el Máster para este semestre. Dado que en el trabajo no hay más material gráfico que el correspondiente a la portada, todas las imágenes que aparecen (menos la citada que se reproduce abajo) las he puesto yo. Responden a la idea de que una buena parte de la formación del canon de belleza del paisaje en el momento actual se hace a partir del mundo digital y mediante sistemas tan “descontrolados” como, por ejemplo, los fondos de escritorio que acompañan los sistemas operativos de Microsoft. Las ocho primeras imágenes corresponden a Windows XP, las ocho siguientes a Windows Vista y las ocho últimas a Windows 7. Puede parecer contradictorio con la tesis del trabajo (el paisaje hay que vivirlo) pero una buena parte de la vida de mucha gente se desarrolla en entornos digitales. Habría que proponer algún trabajo de investigación sobre el paisaje en los fondos de escritorio de los sistemas operativos de Microsoft (no sólo de los originales que se incluyen con el propio sistema operativo). Para facilitar la lectura tampoco he entrecomillado el texto ni he usado la cursiva, pero la autoría de todos los párrafos que vienen a continuación corresponde a su autor.

El ser y el estar, una reflexión en el paisaje
Autor: Rafael García Suárez


Carretera y paisaje (del autor del trabajo)

Todos guardamos recuerdos de nuestra infancia, recuerdos de momentos curiosos o de situaciones que nos marcaron para siempre. Lo más bonito de recordar es idealizar los recuerdos, convertir nuestra memoria en la biblioteca del saber a la que acudimos cada vez que necesitamos que nos expliquen el presente que no entendemos. Esto es lo que me pasa a mí con los recuerdos de mi infancia. Los niños no sabemos por qué pasan las cosas y pensamos que todo lo que sucede a nuestro alrededor sucede porque tiene que ser así. Según nos hacemos mayores nos convencen de ideas que al principio no entendemos pero que terminamos asumiendo tarde o temprano. Y lo hacemos porque no tenemos tiempo para recordar lo que aprendimos de niños.


En mi memoria guardo los momentos en los que tras largas horas de viaje llegábamos al pueblo de mi abuela. Antes de entrar en él, a modo de frontera, había una curva muy peraltada que cruzaba un río mediante un pequeño y sutil puente de piedra, era tal el peralte que incluso se veían las truchas nadando, o eso me imaginaba yo. Nada más bajar del coche nos soltaban por “el paisaje” hasta el día que nos volvían a recoger para volver a la ciudad. Durante aquel largo mes, lo único que hacíamos era aprender a vivir en la naturaleza, el horario lo imponía el sol, la comida nos la daba la huerta y el juego…el juego consistía en subir a los árboles, dar de comer a los animales o perseguir saltamontes para utilizarlos como cebo para pescar truchas. De aquellos días de verano había uno que superaba en emoción al resto, era el día en el que los mayores se volvían locos e incendiaban el campo, ¿cómo era posible que ellos mismos provocasen aquello que tanto temían? supongo que hay cosas que es mejor no preguntarse cuando eres un niño. Lo más impactante para mí era ver como el fuego obedecía a mi abuela, hacía lo que ella le pedía y se iba cuando ella lo ordenaba.


De vez en cuando, mi madre nos llevaba a bañarnos al río, cerca de un molino que por lo visto fue el encargado de moler el maíz para todo el pueblo durante lustros. Estaba abandonado en medio del bosque, y como estaba construido a base de sillares de granito era difícil distinguirlo de las rocas que lo rodeaban, jamás me produjo ninguna sensación molesta; todo lo contrario a la pequeña central eléctrica que se encontraba a pocos metros del molino, con sus grandes postes de acero que salían por las paredes y sus cables eléctricos, me hacía sentir incomodo, sabía que aquello no debería estar donde estaba. Nunca sabré por qué no era igual que el molino. Los años fueron pasando y la edad me permitió poder adentrarme más en la cultura, el entorno y la gente que por aquel gran valle vivían. El significado del valle no lo descubrí hasta que no paseé por sus laderas, ríos, caminos y los altos montes que lo flanqueaban, fue entonces cuando entendí porque siempre corría menos aire en el pueblo que en otras zonas, porque pasaba un río por allí, porque el camino estaba donde estaba y por qué la forma más rápida de salir del pueblo era por donde transitaba la carretera. Todo era así porque tenía que ser así, era lo que era porque no había otra manera mejor de ser.


Gracias a mi abuela aprendí a pasear. De vez en cuando la acompañaba por los alrededores y me iba enseñando el por qué de cada cosa. Yo la escuchaba y jamás dudé de sus palabras, cada cosa que me contaba tenía una explicación sencilla y agradable, el puente, el camino, la fuente, las otras aldeas, el cementerio, los bosques y lo que más le gustaba contarme: las historias de las sendas y los caminos que se dejaban adivinar en el paisaje. Han pasado muchos años y he vuelto al pueblo cada vez que he tenido la oportunidad, ahora la carretera que entra al valle lo hace casi en línea recta, mordiendo cada cerro que intenta impedir su rectitud, incluso se eleva sobre pilares para no subir y bajar por las colinas. La curva que estaba antes de la entrada ha desaparecido, ya no hay río. Las truchas se han escondido porque las grandes farolas que iluminan el cielo les dan miedo. No hay más gente que antes en el pueblo, pero si hay más servicios, la modernidad ha traído unos camiones de basura que recogen gran cantidad de bolsas de diversos colores que no sabemos muy bien que contienen. Y yo me pregunto ahora, ¿dónde estaba la basura de la casa de mi abuela? Yo nunca la vi. Mis recuerdos adivinan un gran cubo al que se echaban los desperdicios de las comidas y que luego servía como parte del alimento de cerdos y gallinas. Ahora ya no hay cerdos, no hay basura y no hay gallinas. Tampoco hay incendios controlados ni árboles a los que subir porque no hay niños que quieran subirlos, mejor dicho porque ya no son árboles, son mobiliario urbano. Sin embargo no hay más gente viviendo en el pueblo, aunque quizás los que hay van tan deprisa que los ves pasar muchas veces dando la sensación de multitud y por eso es necesario iluminar más la calles, hacer carreteras más anchas, construir casas cada vez más separadas entre si y sobre todo colocar grandes postes de telefonía para que “tal cantidad” de gente pueda hablar con los teléfonos móviles.

Olvidé preguntarle a mi abuela que era el paisaje. Quizás me hubiese respondido invitándome a caminar con ella.

El ser y el estar

No es nuestra intención desmontar la visión contemporánea de la naturaleza en favor de la visión clásica, no se trata de volver al pasado, ni de descubrir un nuevo pensamiento que ilumine el futuro. Tan sólo se pretende en este breve ensayo incitar a reflexionar acerca de nuestra actitud frente al mundo que nos rodea, indagando sobre la idea del “ser” y el “estar” como formas de enfrentarnos a la realidad. Lo primero es despojar al concepto de “naturaleza” de todas las acepciones que lo han ido desvirtuando desde su origen. Physys para los griegos o natura para los romanos es simplemente el ser de las cosas, el ser del universo y de todo lo que nos rodea, lo sobrenatural, lo artificial o lo metafísico también forman parte de esta naturaleza. Es por tanto primordial en este estudio aceptar esta sencilla idea: el entendimiento de la naturaleza como el ser de las cosas, de todas las cosas. Y partiendo de esta hipótesis que consideramos cierta, miremos el mundo con otros ojos, empezando por el paisaje que adoptaremos como excusa para ensayar nuestra hipótesis.


Fueron los griegos los que marcaron el pensamiento del mundo occidental, legaron multitud de escuelas y reflexiones que nos han ido guiando durante más de dos mil años y que hasta el nacimiento de la “modernidad” fueron una manera de explicar la naturaleza que permitió la convivencia del hombre con el resto de posibles realidades. Nuestra posición frente al entendimiento de las “cosas” ha girado siempre en torno a dos pilares fundamentales, el primero se basa en la idea apriorística: “lo que es és y lo que no es, no es” y la otra idea es la que considera el mundo sensible como lo único realmente existente, el mundo de los sentidos. La ciencia que sólo acepta lo que se puede explicar con lo tangible frente al conocimiento de lo intangible de la metafísica. En esta dualidad hemos navegado durante siglos, y de manera más acentuada desde finales del siglo XIX, desde la revolución industrial. Hasta hace muy poco el cisma entre ambas posturas era absoluto, la visión metafísica quedaba relegada al campo de las religiones, y estas a su vez la utilizaban como fundamento de sus reglas éticas y morales. Por otro lado la ciencia se apartaba, en ocasiones de manera despectiva del mundo de lo intangible por considerarlo indemostrable a partir de los postulados de la razón. Los aprioristas, dentro de los que podemos clasificar a Platón y a los neoplatónicos como Plotino, basan su pensamiento en la existencia de un todo del que emana el resto de la realidad, primero la que no vemos, es decir el mundo de lo inteligible o las ideas y posteriormente el mundo que vemos, el alma del mundo.


Pero a nosotros nos interesa las consecuencias que tiene en el modo de enfrentarse al mundo sensible este tipo de pensamiento basado en la idea de la unidad y de la existencia de “ideas” inteligibles. Una de las expresiones más bellas de este pensamiento es la idea del alma. Todas las palabras antiguas que designan el “alma” significan aire o respiración y de las mismas proceden los modernos conceptos de expirar, animado, inanimado, psicología, etc… Es una manera de relacionar el alma con la vida, pero que nos plantearía, en principio, la idea de que aquellas cosas que no tengan vida, que sean inorgánicas, no tendrían alma. Platón y Aristóteles se encargaron de estipular una clara división entre lo vivo y lo inanimado, lo vivo es aquello que se mueve por sí mismo, un hombre, un gato, un pájaro, el sol, la luna o la tierra. Este pensamiento, provoca indirectamente la segregación de la naturaleza, su clasificación entre aquello que posee alma y aquello que no la tiene. Pero no implica necesariamente una discriminación negativa de la naturaleza, su fin es el conocimiento. Un conocimiento basado en la virtud, sinónimo de sabiduría, justicia y bondad como luego veremos. Pensar en una unidad formada por partes jerarquizadas no implica discriminarlas, al igual que un padre ama por igual a sus hijos aunque los jerarquice en función de su edad.


Qué alejados de las verdaderas enseñanzas platónicas estarían aquellos que sólo quisieran ver un mundo de clases, un mundo clasificado en partes diferentes, unas en sometimiento a las otras, porque lo que de verdad nos muestra Platón es una realidad que surge de un todo, y ese todo no puede ser maquiavélico con sus partes, porque sus partes forman la unidad. En el análisis de un paisaje, de un entorno no podremos percibir más que la esencia de una única cosa, y a partir de esa percepción podremos interactuar en él. Cuanto más nos alejemos de esa idea de unidad global, más alejados estaremos del bien, de la belleza o de una actitud correcta y virtuosa. Cuanto más nos acerquemos al mundo de los sentidos y más nos dejemos engañar por él, más engañada estará nuestra alma y más difícil nos resultará actuar correctamente, si nos dejamos llevar por la mera satisfacción en forma de recompensa pecuniaria que supone la implantación de una torre de telefonía móvil en lo alto de la colina, sin entender la unidad global de “la colina” nos alejaremos de la virtud, la justicia, de la belleza del alma y de la sabiduría y nos acercaremos a la fealdad y a lo malo, a lo injusto y malvado. Sin embargo, si conseguimos entender el “todo” de la colina incluido el nuevo elemento que debemos colocar en ella, y nos referimos a entender la unidad formada por muchas partes diferentes, entonces probablemente conseguiremos acercarnos a la belleza, a la virtud y a la justicia. De esta idea de “unidad” emanan los conceptos del alma, la belleza, la justicia, la virtud o la bondad.


Esto (se refiere a una cita de Demócrito que he suprimido) nos introduce en la segunda visión de la realidad que queremos abordar en esta reflexión. El sensorialismo, el imperio de los sentidos, la realidad leída a partir de lo que vemos, oímos, tocamos o saboreamos, la actitud del “estar” frente al “ser”. La imagen del mundo que nos presentan los sentidos es quizás para el hombre moderno más sencilla y cercana que aquella que deja en lo inteligible, en el mundo de las ideas, la responsabilidad de explicarnos el universo. Se trata del fenosistema frente al criptosistema, se trata de lo que percibimos a través de los sentidos frente a la realidad que necesita de la ayuda externa para ser explicada, bien sea a partir de alcanzar un estado del alma superior o bien a partir de artilugios mecánicos que nos permitan ver lo que se oculta a nuestros ojos. Este pensamiento sensorialista es el que ha ahondado más profundamente en la mente del hombre, es sin duda principio fundamental de la ciencia, del racionalismo, del empirismo o del mecanicismo, es la manera directa de entender la naturaleza, no necesita más que de los sentidos. Es la fuente de la que emana el imperialismo de la razón y que a lo largo de la historia se ha enfrentado fratricidamente al pensamiento metafísico de las ideas del alma y de Dios con la misma fuerza que este lo ha hecho en sentido contrario. Ambas corrientes han fundamentado parte de su estructura del pensamiento a partir de las cenizas del contrario, negando siempre lo anterior por el simple hecho de ser diferente y , sin embargo, muchas veces no antagónico.


De las escuelas griegas de Mileto surgen Tales de Mileto o Pitágoras, son los primeros racionalistas que intentar entender la naturaleza de las cosas de una manera “científica”, entienden que toda la materia está dotada de alma (pero no entendida desde el punto de vista platónico), sea esta orgánica o inorgánica. Niegan la existencia de dioses causantes de acciones o espíritus del más allá origen de lo que vemos. Son los precursores del método científico y sus bases se fundamentan en el sensorialismo. Gracias a ellos podemos entender porque no se debe urbanizar la llanura de inundación de un río, pero no podemos valorar el impacto visual de la torre de telefonía que queremos colocar en la colina.


Llegados a este punto, nos encontramos con las dos visiones de la naturaleza enfrentadas en cuanto al conocimiento del “ser”, las ideas apriorísticas frente a las sensorialistas. Las segundas abren el camino al entendimiento científico de la naturaleza pero son corrompibles también por esta, algo que en los últimos años ha quedado en evidencia con las nuevas observaciones del universo. Los sentidos son también fácilmente alterables bajo la influencia de la pasión y el placer, desvirtuando así el conocimiento de la naturaleza, des-haciendo la virtud que es propiedad del alma. Pero es sólo a partir de los sentidos como podemos leer la realidad, y es sólo mediante metodologías científicas como podemos alejarnos de la subjetividad y de la pasión de los sentidos. Ahora bien, el racionalismo científico no nos da explicación a la belleza, el amor o la justicia, en última instancia se abstrae de los sentidos y se aleja del corazón. Es tan capaz de justificar la construcción de una planta eólica en lo alto de una colina, como capaz es de convencernos de su enorme impacto en el paisaje. Los sentidos, son por lo tanto, el primer instrumento que utilizamos para entender la naturaleza del ser, pero no son suficientes para completar su conocimiento.


La visión de un viaducto uniendo dos colinas se realiza a través del ojo, podemos medir la cantidad de luz que llega a la retina, la forma y grado de incidencia, e incluso llegaremos a poder reproducir artificialmente la visión del hombre. Gracias a ello, empírica y metodológicamente podremos realizar tablas que nos permitan clasificar las distintas reacciones humanas ante la visión de una misma cosa. Esto, sin duda, ayudará al bien común. Pero seguiremos sin saber por qué el acueducto de Segovia nos resulta más bello que el viaducto que atraviesa una gran avenida urbana. Es en ese punto donde interviene el alma, será ella la que nos permita discernir entre lo bello y lo feo, entre lo malo y lo bueno, entre lo justo o lo injusto. Y cuanto más virtuosa, bondadosa justa y templada sea, más bella será el alma. Y cuanto más se acerque a la belleza más cerca del bien común estará y más acertadas serán sus decisiones. El sabio será aquel que tenga un alma más bella. Cómo acercarse a la sabiduria es lo que intentaremos tratar ahora.

De la belleza, de la felicidad, la justicia y la virtud

Una de las ideas fundamentales en torno a la que gira nuestro estudio es la idea del “bien”, es una idea “a priori” que entendemos desde el punto de vista platónico porque es algo que nos es dado de manera innata, su conocimiento no se adquiere. Partimos de considerar que todos tendemos hacia el bien. Y cuando nos acercamos al “mal” lo sabemos, lo intuimos. Son ideas que son inherentes a nuestra naturaleza humana. Por otro lado, en la medida que nos alejamos del interés general, nos alejamos del “bien”. Cuando instalamos una torre de telefonía en lo alto de nuestra parcela, lo hacemos para obtener un beneficio económico particular, pero si la decisión la dejamos en manos de la comunidad, elegiremos un lugar que participe del beneplácito de todos, y según aumentemos el tamaño de dicha comunidad, aumentaremos el “bien común”. El límite está en la globalidad total, teóricamente podríamos decir que el límite es el infinito del universo, y por lo tanto el límite del bien es infinito. Es por ello, que la unidad, el infinito, el todo, es sinónimo de perfección y de bondad, y cuanto más nos alejemos de ello, más nos acercamos al mal.


Esta visión neoplatónica es una actitud frente a la vida que, lejos del “idealismo” materialista actual, o del pragmatismo mal entendido, nos presenta un camino y unos instrumentos que pueden ser, en una sociedad global, tremendamente útiles y necesarios. Es necesario indicar que la línea que se sigue al considerar el “bien” como eje de un pensamiento no es única del movimiento platónico, es común a multitud de ramas del saber a lo largo de miles de años. Es por lo tanto, la bondad sinónimo de belleza. Edmund Burke, en su tratado De lo sublime y de lo bello nos dice que la belleza causa amor, que la belleza “no exige el auxilio de nuestro razonamiento”, que no es producto de las proporciones y que las “ideas matemáticas no son las verdaderas medidas de la belleza”, nos hace una descripción de todas las causas posibles de la belleza, nos habla de cualidades físicas que, según él, son origen de la belleza. Pero a nosotros nos interesan las conclusiones que obtiene de su indagación y no tanto la metodología de la estética que nos ayudaría a encontrar lo bello. Edmund Burke nació en 1729, fue ante todo un político que en su juventud se interesó por temas filosóficos.


En nuestro estudio no pretendemos encontrar las causas racionales de lo bello, no pretendemos medir la belleza porque confiamos en que otros ya lo han hecho con mayor o menor fortuna, nosotros pretendemos indagar en el “ser” de la belleza y no en el “estar”. Ante el paisaje, nos encontramos con dos sujetos el activo y el pasivo, la naturaleza y el hombre. Es la virtud en el hombre lo que la belleza al paisaje, es la belleza del paisaje que alienta la virtud del hombre, y es la virtud del hombre la que conserva la belleza del paisaje. Hacemos esta sutil diferenciación de la virtud y de la belleza para facilitar el entendimiento de ambas, pero podríamos tratarlas como la misma cosa. La virtud como cualidad de las personas y la belleza, cualidad de las cosas. Sin embargo, en última instancia, y tal y como ya hemos aclarado anteriormente, nosotros consideramos la naturaleza como un todo y como tal, todo lo que la forma esposeedor de las mismas facultades. En adelante utilizaremos ambos términos indistintamente cuando hablemos del hombre o del entorno. Un alma bella, un alma virtuosa se sentirá alegre ante algo también bello y virtuoso, esa idea empática de ida y vuelta nos permite una interrelación con todo lo que nos rodea basada en la bondad, la justicia y en definitiva en “el bien común”, concepto este último base fundamental de nuestro derecho urbanístico y por ende de la normativa medioambiental.


Enfrentarse a la realización de un estudio de sostenibilidad, a un proyecto de impacto ambiental o simplemente ante el sencillo reto de vallar una propiedad, es rendir cuentas a la sociedad, a la colectividad, a la naturaleza. Podemos servir sólo a unos pocos, alejándonos del bien común, podemos llenarnos de soberbia, de fortuna o satisfacer nuestro ego, podemos enriquecernos, actuar vagamente o elegir el camino fácil, nos habremos entonces alejado de la virtud, de la belleza del alma. Cuantos bosques han sido esquilmados en aras de la productividad mal entendida, cuantas carreteras han cortado montañas, cuantos ríos encauzados, mares esquilmados, tierra robada al mar, ciudades que no son ciudades, playas de césped, barreras de luz, tal es el alejamiento de la belleza y de la virtud que cada vez somos menos felices. Sin duda, algunos expertos, conscientes de ese alejamiento han pretendido con acierto, buscar los medios que devuelvan la cordura a semejantes actos. Hemos creado instrumentos de los que nos valemos para medir el impacto medioambiental, formalizamos informes de sostenibilidad, creamos leyes de protección y en definitiva, traducimos al lenguaje legible del mundo moderno las ideas de virtud, bondad y belleza. Es muy difícil aprender a “ser” pero es más fácil enseñar a “estar”, y esto es suficiente, pero no olvidemos que la felicidad consiste, en última instancia en “ser”.


La virtud, la belleza del alma, la templanza, el autocontrol, fortaleza y justicia, la bondad de nuestros actos. Todo ello forma parte del camino de la sabiduría. Habrá quien lo considere tildado de cierto romanticismo, de ideologías utópicas de un pasado que no volverá. Pensar así no es extraño en un mundo dominado por el pragmatismo, donde la belleza es una expresión de lo material, donde las virtudes se compran y se venden y donde el hombre, consciente de su caducidad se esfuerza en inventarse nuevas formas de felicidad. Pero nos vemos abocados a actuar en entorno, en el paisaje y debemos hacerlo con todos los instrumentos que tengamos a nuestro alcance, lo primero que debemos hacer es “ser”, entender y comprender, Sólo entonces podremos “estar”. Hablamos de la virtud que se expresa mediante la templanza, templanza que nos permite observar el entorno con sutileza, con detalle, llegando hasta el último resquicio de las cosas. Actuando con autocontrol, sin dejar que nuestras pasiones nublen el entendimiento, sin permitir que egoísmo humano nos ciegue ante la toma de decisiones. La bondad, la justicia, la fortaleza, la honestidad y la honradez, son todas cualidades que nos permitirán afrontar el reto de intervenir en el paisaje de manera adecuada.


Y cuando hayamos entendido el paisaje dentro de un todo, como una unidad, entonces estaremos en disposición de hacer un informe de sostenibilidad, porque sólo entonces podremos ser capaces de entender lo que significa el “bien común”. Los planos de impacto, las cuencas visuales, las zonas de riesgo, las medidas de corrección, etc… serán lo que “son” y dejaran de “estar” en el cajón del proyecto como un documento más.

La ciencia y el paisaje, la ciencia del paisaje

De todo lo escrito anteriormente sería apropiado pensar que la ciencia no tiene cabida en el estudio del paisaje, se podría incluso opinar que no es necesario ningún procedimiento científico para poder abordar una cuestión de tal magnitud. Y es cierto, en el supuesto de que el estudio del paisaje lo dejásemos en manos de verdaderos sabios que hubiesen alcanzado la iluminación del bien supremo. Sin embargo, no es fácil que esto suceda: “…no soy sabio, y para fomentar tu malevolencia, ni lo seré. Lo único, pues, que ahora exijo de mi es, no que sea igual a los mejores, sino ser mejor que los malos; para mi es suficiente esto de arrancar diariamente algunos de mis vicios, o un poco tan sólo de cualquiera de ellos, y censurar mis errores” (Seneca).


Que sea cada persona en su proceso de conocer, estudiar y en ejercicio de la libertad del pensamiento la que saque sus propias conclusiones. Para nosotros intervenir correctamente en el paisaje es una consecuencia del “ser” dentro de la naturaleza. Por lo tanto, todos los medios que utilicemos para lograr este estado de conocimiento serán perfectamente válidos. El procedimiento de estudio deberá siempre partir de una idea de unidad, para ir poco a poco desgranandose en elementos legibles en el mundo de los sentidos, que reflejarán en todo caso esa idea de “unidad”. Todos estos elementos en forma de documentos, planos, poesía, audiciones u olores, cuanto más se acerquen a la idea de “estar” más caducos resultarán.

Andar como ejercicio de acercamiento al “ser”

Elegimos el andar como instrumento que nos facilite un acercamiento al “ser”. Nuestro fin último es llegar a comprender un determinado paisaje para hacer frente a una posible “intervención” en el mismo. Es por lo tanto aconsejable seguir una metodología que nos permita actuar en el mundo de lo “sensible”. Dicha metodología consiste en acercarse a la unidad para luego volver a alejarse de ella. Es un camino desde el mundo de las ideas al mundo de lo sensible. Un camino de ida y vuelta, utilizando el lenguaje de Schrödinger, un camino que va desde la abstracción al corazón, y viceversa.


Elige una ruta, una ruta antigua, un camino que siempre haya estado ahí. Levántate sobre las 6:00 de la mañana, vístete después de haber desayunado copiosamente y comienza a andar. Cuando estés cansado, párate y descansa, bebe un trago de agua y continúa. Cuando lleves un rato y tus pies comiencen a notar el cansancio, empezarás a sentir el entorno. Si vas caminando por la rivera de un río y tu instinto te dice que deberías cruzarlo, no desesperes porque antes de lo que piensas aparecerá un puente. Cuando te encuentres ante una colina verás antes de comenzar a subirla un gran árbol que te dará sombra y te permitirá descansar. Y cuando llegues a la cima, extenuado y con hambre, no te precupes, encontrarás un pueblo donde podrás pasar la noche. El puente, el árbol y el pueblo están donde deben estar, son lo que son. Te garantizo que ese día le darás sentido al árbol, al puente y al pueblo y si algún día tienes que ser tú quien abra un nuevo sendero sabrás dónde poner un puente, una zona de descanso, una fuente e incluso un pueblo.


La excusa es el municipio de Getafe, el fin es entender “el ser”. Al igual que los dadaistas en 1924 con sus excursiones erráticas por Paris, nosotros quisimos practicar el andar como experimento “neo urbano”, y lo llamaremos así porque ya no queda en nuestro mundo mecanizado ningún espacio que no haya sido colonizado por lo urbano, lo urbano lo es todo. Cualquier ciudadano que pise un terreno salvaje lo convierte inmediatamente en urbanizado. El 7 de enero de 2010, y gracias a la ruta diseñada por Alejandro Tamayo, nos dispusimos Julian Delgado, Sonia Freire, el propio Alejandro y yo a caminar desde la plaza de Legazpi al municipio de Getafe. En un día frío, lluvioso y con ventiscas de nieve emprendimos nuestro propio errabundeo por calles, caminos, descampados y carreteras con un objetivo distinto cada uno. En mi caso pretendía indagar en el “ser” del paisaje de Getafe.


La practica del andar, es ante todo una experiencia física y sensorial, por lo tanto se encuentra dentro del primer paso hacia el conocimiento del “ser”, nuestra experiencia por los caminos neourbanos hacia Getafe fue una confirmación de ello. Las primeras horas transcurrieron bajo una lluvia intensa pero soportable, pero a medida que nos alejabamos del nucleo urbano, la nieve, el viento y el frío invadían nuestros cuerpos ayudando a perturbar nuestras sensaciones al principio y convirtiendose en el verdadero “ser” al final. Caminar bajo la lluvia impide, al ir tremendamente protegido, observar tu entorno con claridad, escuchar los ruidos e incluso oler adecuadamente, pero cuando el frío y la lluvia ya han alcanzado el interior de tus huesos se produce un estado de simbiosis absoluta con la naturaleza, es entonces cuando comienzas a formar parte de los elementos, formas parte de la lluvia, del barro y del frío. Es un estado de integración total en el medio. La contemplación estática del paisaje, sin interactuar en él dificulta enormemente el entendimiento del mismo. Sin embargo, cuando estas sometido a circunstancias extremas tales como el cansancio, el frío, el hambre o incluso la desorientación, el entorno adquiere un significado diferente, se muestra claro y puro ante ti.


Las conclusiones de nuestra experiencia fueron unánimes en varios aspectos, sobre todo a nivel social, confirmando una verdad preocupante: la ciudad se ha convertido en un corral de ciudadanos a los que no deja escapar si no es mediante artefactos mecánicos. La máquina es la medida de todas las cosas, la antagonía de la modernidad; una sociedad a la medida del hombre sometida al propio hombre y sus artefactos. Todo esta organizado en función al automóvil y a las infraestructuras de transporte, la nueva escala de la planificación es un vehiculo de cuatro ruedas, los anchos de las vías, los radios de las curvas, los viaductos y túneles, glorietas y vallas que limitan el paso, absolutamente todo se proyecta en sometimiento a las determinaciones de los medios de transporte.


Las barreras físicas artificiales que encontramos nos impedían continuar nuestro caminar, y en última instancia, por si lograbamos sortearlas la propia sociedad nos devolvía al corral (finalmente nos tuvimos que dar la vuelta porque un coche vigilaba nuestro caminar al lado de las vias del Ave). Es sin duda una experiencia que ofrece múltiples conclusiones sobre la realidad de la ciudad, su relación con el medio, el hombre y la naturaleza. En mi caso y en consonancia con el estudio del “ser” y el “estar” arroja lecturas muy poco esperanzadoras sobre el paisaje cercano a la ciudad. En la foto de la portada de este breve ensayo, se observa uno de los muchos viaductos que atraviesa el Manzanares, la visión del mismo desde abajo es escalofriante, pero no difiere del resto de vias que atravesamos. La sensación que transmiten todos los sistemas generales implantados por el hombre es la de “estar” en el paisaje, su única naturaleza es la razón económica. Al principio nos preguntabamos que diferencia existia entre el acueducto de Segovia y un viaducto en medio de la ciudad, sin duda una de las muchas es que el acueducto puede entenderse desde cualquier punto en el que se encuentre el observador, un viaducto sólo se entiende cuando circulas en coche por él.


El entorno de Getafe es un paisaje sin sobresaltos, donde el río es el único elemento físico capaz de alterar nuestro estado. Sirva como anécdota que a lo largo de diez kilómetros existen innumerables puentes y viaductos que lo atraviesan, pero ninguno está habilitado para los caminantes. Si tuviésemos que valorar la implantación de un futuro puente peatonal que cruzase el río, sabríamos su posición exacta e incluso su aspecto. Como ejercicio práctico podríamos concluir que el acceso desde el noreste de Madrid a Getafe se debería realizar por un puente situado en un punto funcionalmente adecuado, poco después de las depuradoras y un pequeño cerro tras el que se puede adivinar Perales del Rio, pero lo suficientemente vistoso como para suponer un hito visual que nos ayude a localizar el camino en un paisaje plano y con pocas referencias. Al no existir encauzamientos físicos tales como cerros, masas forestales, etc… se hace imprescindible la localización visual del paso del río.


Respecto a las heridas producidas por las vías del tren, las carreteras y las autopistas, debemos decir que su impacto en el paisaje es de enorme magnitud, volviendo a nuestro argumento inicial basado en la idea de “unidad” podemos hacer una breve valoración de lo que implican los viaductos de Getafe. Si asimilamos un río a una carretera podremos fácilmente trasladar las virtudes de uno a la otra. El río es más bello porque participa del bien común en mayor medida que la carretera que impide el paso de gran número de seres vivos, por lo que este aspecto es el primero que ha de solventarse. Por otro lado un río es río lo observemos desde donde lo observemos, la carretera elevada no se entiende cuando se observa desde abajo, la carretera debería entenderse desde todos sus puntos de vista. El río es justicia, el río trata a todos los seres vivos e inorgánicos de la misma manera, no admite discriminaciones. La carretera, sin embargo, limita su uso a los automóviles, discriminando a peatones y a animales. Es por lo tanto necesario que las carreteras sirvan a todos por igual, en pocas palabras integrar el carril para bicicletas, los peatones y los vehículos dentro del mismo sistema. El límite de esta idea es una carretera enterrada, en cuya superficie se desarrollase el resto de transportes.

Conclusión

A lo largo de este breve ensayo hemos indagado en la naturaleza del “ser” utilizando argumentos de la Grecia clásica de Platón, pero podíamos haber empleado conceptos de la filosofía oriental, no se trata de encorsetar al pensamiento dentro de una u otra corriente, se trata de utilizar nuestro intelecto para poder enfrentarnos al conocimiento de la naturaleza y poder interactuar en ella con el único objetivo de participar de una vida en sociedad presente y con intención de futuro. La idea de bien común es base de nuestro derecho urbanístico actual, y es fundamental para entender la libertad del individuo. De todo lo argumentado en estas líneas pocas ideas serán ajenas al propio pensamiento del lector, si cabe la más alejada al ideario moderno sea la de hacer prevalecer el bien común frente a la felicidad individual, aunque la línea argumental nos lleve a la conclusión de que la felicidad procede del bien común. Sin embargo, hoy en día la felicidad se fundamenta en una serie de satisfacciones individuales que prevalecen sobre las colectivas, y un cambio de filosofía no resulta fácilmente comprensible.


Sin embargo, la idea de “la unidad” es fundamental para poder afrontar con garantías una actuación en el entorno fuera del yo individual. Si actuamos en el paisaje, lo estamos haciendo dentro de una idea de colectividad, nuestros actos afectarán a otros individuos. Entender el “ser” del paisaje es entender la idea de “unidad”. Si no lo hacemos nos limitaremos a estar. El río “es” paisaje, el viaducto “está” en el paisaje. Finalmente hemos propuesto el caminar por el paisaje de Getafe como experiencia útil para entender su “ser”, creemos necesario este acercamiento para poder afrontar con éxito cualquier intervención en el mismo: podría ser un estudio de sostenibilidad de un plan general o un informe de impacto medioambiental de una autopista, pero también sería el paso previo para escribir un libro o pintar un cuadro. Tendría sentido que Miguel Hernández nos hablase de los campos de Castilla sin haberlos conocido. ¿Por qué entonces, juzgamos nosotros el paisaje sin vivirlo previamente?

Rafael García Suárez